domingo, 1 de septiembre de 2013

Tour de bodegones: Una taberna y un español

Algo tan simple como comprar un libro sobre los mejores bodegones porteños nos lleva a ponernos un objetivo: Empezar un tour gastronómico para catar cada uno de los platos sugeridos y conocer esos rincones perdidos de Buenos Aires...
El primer aniversario de casados fue la fecha elegida para arrancar. Estudiamos el libro y elegimos dos: La Gran Taberna y El Español. Ambos a pasitos del Congreso Nacional.
Algunas reglas estarán siempre presentes en esta aventura:
- Salir temprano de casa, para conseguir lugar sin esperar y poder comer en paz.
- Guardar los celulares en la cartera. Nada de teléfonos sobre la mesa.
- Comer y beber hasta que el cuerpo diga basta!
La Gran Taberna nos recibió con alegría. Mozos vestidos con chaqueta blanca, paredes pintadas de un rosa viejo, luces bien blancas, jamones colgando de ganchos, ajíes adentro de grandes frascos y carteles de tono español por todos lados: Un toro apuntándonos con sus cuernos, una mujer sacudiendo al son del flamenco su enorme pollera, la bandera de España.
Las aceitunas llenas de ajo y condimentos nos esperaban para picar mientras nos tomaban el pedido. La carta era enorme. Miles de platos. Nuestra guía decía que tenían más de 100. Queríamos probar todo y no podíamos jugarnos por nada. El medio a pedir el plato equivocado nos paralizaba.
Para salir del atolladero elegimos aquello que más se veía en las mesas: Rabas. Media porción para compartir y una cerveza de litro marcharon rápidamente para la mesa.
Me imaginaba otra cosa de este lugar. Pensábamos que llegaríamos a un lugar medio oscuro, un poco sucio, más rústico y viejo. Este era un buen restaurant de barrio.
Espiar los platos de los vecinos se convirtió en parte de la diversión. Por eso, cuando vimos llegar el revuelto gramajo que había pedido una chiquita en una mesa cercana nos dimos cuenta de que le habíamos pifiado. Nuestra segunda elección habían sido unos calamares con salsa golf y otra botella de cerveza. De cada plata podían comer 3 personas sin problema. El camino hacia el baño facilitó explorar un poco mas las delicias que se servían. Paellas, salteados de frutos del mar, jamón crudo con ensalada rusa, salmón con calamares y buenos vinos estaban por todos lados.
¡Como nos equivocamos! Tendremos que volver. Buenos pescados y mariscos y el revuelto gramajo que nos quedó pendiente se convirtieron en un futuro plan obligado.
El Español nos recibió a cuatro cuadras de distancia.  Un restaurant más rustico que no tenía la mística que esperábamos encontrar en los bodegones. Las fotos del libro nos engañaron. Nos sentíamos un poco estafados, debo decir.
Unos ravioles a la parisienne fue la elección para compartir, junto con un dispensador de cerveza que la mantenía siempre fría.  La carta era mucho más básica y acotada. Las papas fritas eran esos bastones gigantes y las parrilladas ý milanesas a la napolitana de los comensales de al lado tenían mucha pinta. Si estoy por la zona, sin duda almorzaríamos acá, decidimos, pero no vendríamos especialmente en busca de este lugar donde se come bien, pero sin grandes distinciones.
Quizá tuviéramos que revisar nuestra concepción de bodegón, terminamos concluyendo. Aparentemente nuestro tour no será sobre los lugares sino sobre sus comidas. Tendremos que afinar el paladar y disponernos a catar delicias para definir cual de todos es el ganador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tejete tu comentario