miércoles, 14 de agosto de 2013

Escenarios 1: Un bosque sorpresa

CONSIGNA: Prendé la tele, tomá el control remoto y subí 5 canales. El primer escenario que aparezca será protagonista o utilero de un nuevo relato o descripción. Preparados, listos, ya!

Terminé en Nikelodeon, era un video de bloopers. Un hombre se chocaba de lleno contra un árbol en un bosque.... veremos que sale.

El ruido de las hojas ascendía por el bosque. Cada pisada era un anuncio: acá vengo yo. Instintivamente intentaba no hacer ruido. Caminaba en puntas de pie, pero las hojas de otoño son traicionera con los intrusos que vienen a romper su descanso. Los árboles, como obstáculos en medio de la carrera, aparecían por todos lados. Sus raíces profundas y a la vez asomadas daban cuenta de los añares que hacía que se dedicaban silenciosamente a crecer. Un camino áspero se internaba cada vez más en las profundidades. Se decía que quien se internaba por esas latitudes no tenía retorno. No se sabía si quien lo retenía era el bosque o el mismo espíritu de los hombres se transformaba en un ser sin historia ni lugar al que volver. Sin importarle los cuentos que escuchaba de niña siguió avanzando, después de todo la vida era para aquellos valientes que se animaban a transitarla, le decía siempre su Nana querida. En un momento, se giró y miró hacia atrás. Los árboles creaban un muro impenetrable. Parecían haberse movido de lugar para cerrar el paso por si se arrepentía. Respiró hondo y siguió avanzando. Cuando tanta caminata ruidosa y silenciosa se le empezaba a antojar en vano giró hacia la derecha, saliéndose del camino y detrás de una cortina de hojas de un sauce llorón lo vio y comprendió que esa era la razón de su andar.

sábado, 10 de agosto de 2013

Creatividad en acción: 3 canciones y 1 cuento

Con la primera frase de las tres primeras canciones de itunes que aparezcan de manera aleatoria se debe armar un pequeño texto.
Ella se ha cansado de tirar la toalla. Ella, Bebe.
Avanzo y escribo, decido y camino. El Mareo, Bajofondo y Gustavo Ceratti.
"All I know is everything is not as it´s sold" (Todo lo que sé es que nada es como se vende) Try, Nelly Furtado)

Ella se ha cansado de tirar la toalla. Su trabajo en la fábrica ya no es lo que era. Solía pensar que lo mejor que podía pasarle en la vida era estar rodeada de algodones, de la suavidad de los hilos, del relieve de las inscripciones que se le grababa. Su labor era importante. Debía separar una toalla de la máquina, justo antes de que llegue a la máquina empaquetadora y lanzarla hacia el cesto que estaba a dos metros para que se evaluara la muestra. Cada partida que se cerraba debía tener una toalla en el canasto de los testeos.
Al principio le resultaba motivador. Había que tener un timing especial para tomar la toalla en el momento justo. 30 segundos antes y al retirarla se chocaba con la que venía por detrás y generaba un embrollo en la cinta. 25 veces le había pasado y unas 25 veces su jefe, El Pelado, le había gritado en 3 idiomas distintos (español, guaraní y portugués) para que todos lo entendieran. 30 segundos más tarde y era engullida por la máquina siguiente y desaparecía entre pegamentos y celofanes para terminar en una caja rumbo a algún lugar.
La sincronización para sacar la toalla no lo era todo. Lo más complejo era el encestado. Las primeras semanas tenía suerte si al tirarla quedaba enganchada de un borde. Luego fue afinando puntería y hoy ya podía presumir de tener mejor precisión en triples que Manu Ginobilli.
Ahora todo lo que la alentaba a hacer cada vez mejor su trabajo se había convertido en rutina y se cansó.
Se imaginó llegando a la oficina del Pelado y mientras se decía: Avanzo y escribo mi renuncia. Decido irme y camino a casa me compro un helado de vainilla y chocolate para celebrar mi valentía. Y mientras pensaba esto el timbre sonó. Había llegado su descanso.
La última toalla que tomaría de la cinta salió volando y sin siquiera tocar los bordes, ingresó limpiamente en el canasto. Al girar y mirar ese conglomerado de máquinas y personas asistiendo a las máquinas se dijo: Todo lo que sé, es que nada aquí es como se vende. Ni las toallas tienen puro algodón, ni el blanco es tan blanco ni las inscripciones resisten más de 1500 lavados. Y por supuesto su trabajo no cambiaría el mundo, por lo tanto allí debía terminar un ciclo.
Las toallas no la extrañarían, solo eran un vil producto, pero ella seguramente sueñe con ellas, en el aire, una o dos veces por semana.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Obra en construcción 1: Un personaje

El ejercicio era simple: Escribir sobre el primer personaje que apareciera en mi muro de facebook. Por esas cosas de la tecnología mi disparador  (la primera foto que apareció) fue en realidad de dos personajes. Un padre y su hijo bebé, con una frase: "Es al revés, él me malcría a mi".

Alejandro no mira a Manuel. Todavía no sabe lo que le espera. Las incertidumbres, los miedos, la diversión, las emociones y el compartir. ¿De quien hablo? De los dos.
Él recién arranca y él también. Uno comienza a estrenar la paternidad, el otro comienza a estrenar su propia vida.
Cachetes prominentes y ojos oscuros de mirada significativa, los dos. El padre sonríe, lo muestra orgulloso. "Este es mi hijo muy querido en quien tengo puesta toda mi predilección"", podría estar diciendo. Mientras que el hijo, serio, todavía no conoce de convencionalidades fotográficas. Tiene toda una vida para aprender que el chís o el whisky y hasta el chinchulín significan: "Reite nene, reite que mami quiere publicar tu foto divina en facebook, así todos la envidian por el hijo amoroso que Dios le dio y ella creó".
Una foto. Padre e hijo. Como tantas otras del estilo se han sacado. Esta tiene un sentido distinto. Refleja no solo el amor de un padre a un hijo sino también todo lo que el padre recibe solo por ser solo eso: Padre de un cachetudo, de ojos oscuro, mirada seria y una vida por delante. Entonces comprendemos quién malcría a quién.

Una escalera al infinito


martes, 6 de agosto de 2013

Moras

Tomo unas moras y las olió. Y su olor la transportó a mil años atrás, cuando eso era solo un proyecto, una semilla. Sintió la dureza del tronco en su espalda, los nudos arrugados de las ramas en las plantas de los pies. Se miró las manos teñidas. Amaba ese color, ese violácio que era su infancia y era su presente. La bolsa en su cintura estaba casi llena. Su torso desnudo sentía la brisa que se colaba entre las hojas. A esa altura el cálido viento de verano se sentía con más intensidad.
Algo brillante la encandiló de golpe. El sol se ponía detrás suyo. No podía ser eso. Dirigió la mirada hacia ese resplandor, aguzó la vista, entornó los ojos y otra vez ese mismo reflejo, como el que se producía en los charcos del camino, al salir el sol. Pero esto era otra cosa. Ese charco se movía, el reflejo estaba cada vez más cerca.
Un círculo plateado avanzaba. Tuvo miedo. ¿Serían los dioses que venían a su encuentro? Su primer impulso fue saltar del árbol y correr a toda prisa, avisar al resto, pero sabía que los dioses la alcanzarían.
Tal vez si se quedaba quietita lo conseguiría. Se fundiría con el verde de aquel árbol y el morado de sus moras y podría salvarse.

Diez meses más tarde, mientras miraba al niño que tenía en sus brazos se prometió jamás contarle del hombre detrás del escudo, de los dioses que la abandonaron a su suerte y del terror de aquella tarde. Solo le hablaría de moras que tiñen los dedos, de tardes cálidas de verano y de la convivencia pacífica con los dioses que siempre estaban allí para ayudarlos.