martes, 6 de agosto de 2013

Moras

Tomo unas moras y las olió. Y su olor la transportó a mil años atrás, cuando eso era solo un proyecto, una semilla. Sintió la dureza del tronco en su espalda, los nudos arrugados de las ramas en las plantas de los pies. Se miró las manos teñidas. Amaba ese color, ese violácio que era su infancia y era su presente. La bolsa en su cintura estaba casi llena. Su torso desnudo sentía la brisa que se colaba entre las hojas. A esa altura el cálido viento de verano se sentía con más intensidad.
Algo brillante la encandiló de golpe. El sol se ponía detrás suyo. No podía ser eso. Dirigió la mirada hacia ese resplandor, aguzó la vista, entornó los ojos y otra vez ese mismo reflejo, como el que se producía en los charcos del camino, al salir el sol. Pero esto era otra cosa. Ese charco se movía, el reflejo estaba cada vez más cerca.
Un círculo plateado avanzaba. Tuvo miedo. ¿Serían los dioses que venían a su encuentro? Su primer impulso fue saltar del árbol y correr a toda prisa, avisar al resto, pero sabía que los dioses la alcanzarían.
Tal vez si se quedaba quietita lo conseguiría. Se fundiría con el verde de aquel árbol y el morado de sus moras y podría salvarse.

Diez meses más tarde, mientras miraba al niño que tenía en sus brazos se prometió jamás contarle del hombre detrás del escudo, de los dioses que la abandonaron a su suerte y del terror de aquella tarde. Solo le hablaría de moras que tiñen los dedos, de tardes cálidas de verano y de la convivencia pacífica con los dioses que siempre estaban allí para ayudarlos.

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