Tomo unas moras y las olió. Y su olor
la transportó a mil años atrás, cuando eso era solo un proyecto,
una semilla. Sintió la dureza del tronco en su espalda, los nudos
arrugados de las ramas en las plantas de los pies. Se miró las manos
teñidas. Amaba ese color, ese violácio que era su infancia y era su
presente. La bolsa en su cintura estaba casi llena. Su torso desnudo sentía la brisa que se
colaba entre las hojas. A esa altura el cálido viento de verano se
sentía con más intensidad.
Algo brillante la encandiló de golpe.
El sol se ponía detrás suyo. No podía ser eso. Dirigió la mirada hacia ese resplandor,
aguzó la vista, entornó los ojos y otra vez ese mismo reflejo, como
el que se producía en los charcos del camino, al salir el sol. Pero esto era otra cosa. Ese charco se
movía, el reflejo estaba cada vez más cerca.
Un círculo plateado avanzaba. Tuvo
miedo. ¿Serían los dioses que venían a su encuentro? Su primer
impulso fue saltar del árbol y correr a toda prisa, avisar al resto,
pero sabía que los dioses la alcanzarían.
Tal vez si se quedaba quietita lo
conseguiría. Se fundiría con el verde de aquel árbol y el morado de
sus moras y podría salvarse.
Diez meses más tarde, mientras miraba
al niño que tenía en sus brazos se prometió jamás contarle
del hombre detrás del escudo, de los dioses que la abandonaron a su
suerte y del terror de aquella tarde. Solo le hablaría de moras que
tiñen los dedos, de tardes cálidas de verano y de la convivencia
pacífica con los dioses que siempre estaban allí para ayudarlos.
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